La historia de Edipo es la historia de una familia pegada al poder y a los dioses, y por tanto, contar esta historia es reflexionar sobre el poder, la religión, y el hecho de que desde la Grecia clásica se mantiene la idea de que el poder está en manos de determinadas familias. Esta misma formulación trae consigo la idea de que el poder carece de sentido si no se ejerce “sobre” alguien: El coro ciudadano. Ya tenemos todas las piezas del puzle de la estructura social que pervive hasta hoy. La grandeza de los textos clásicos reside precisamente en el hecho de que los autores —poetas— construyeron metáforas que son transversales al tiempo. Si un ciudadano de la calle piensa en familia, poder y religión, en el poder en manos de determinadas familias, sin duda no creerá que estamos hablando de una cuestión lejana en el tiempo, sino en la actualidad. Del mismo modo, si dedicáramos tiempo a la lectura de la historia contemporánea nos sorprendería la cantidad de nombres y apellidos que se repiten a lo largo de la misma, empezando, naturalmente, por las monarquías. A este hecho sistémico algunos le llaman familias, otros sagas, descendencia, estirpes, líneas o castas. En definitiva, delatan la propiedad del poder, por más que este sea democrático, y que cada uno le ponga las comillas que quiera al adjetivo. El viaje de Edipo pretende exponer públicamente el recorrido, no solo de Edipo, hijo de Layo —familia, descendencia, estirpe, línea a casta de los labdácidas—, sino de sus hijos e hijas: Polinices, Eteocles, Ismene y Antígona. Nuestra propuesta escénica nace del coro ciudadano, del que se desgajan ordenadamente los personajes que dan sentido a esta tragedia compendio de cuatro tragedias. Todo nace del coro, y todo termina en el coro. Con la sencillez de un cambio en el vestuario a vista de público un ciudadano sin nombre será Edipo, Creonte, Tiresias, Yocasta, Antígona, Ismene, Hemón, Polinices, Eteocles o Teseo… Después, se desharán de esa pieza de vestuario y regresarán a su estado natural, ciudadanos y ciudadanas que sufren o disfrutan del ejercicio del poder del rey: el coro. Quién cuenta este viaje es Ismene, la que sobrevive a la tragedia, la última. ¿La última? No sabemos si Ismene tiendrá descendencia; creemos que sí, que tiene una hija, y que la llama Antígona, y que esta a su vez se reproduce, y así hasta el presente en el que donde hay una injusticia, hay una Antígona dispuesta a luchar por subsanarla.
Para contar esta historia recurrimos a Sófocles —Edipo rey, Edipo en colono y Antígona—, y a Esquilo –Los siete contra Tebas—. A Isidro Timón y a mí también nos gusta pensar que ellos también la escribieron a cuatro manos, como nosotros.
Emilio del Valle, dramaturgo y director